Hay miedo en
las calles, en los pasos, en las miradas.
Pero crecen
alas.
Hay bocas
selladas, manos atadas, pies lastimados.
Pero se eleva
la esperanza.
Hay violencia
expresa, ignorancia monstruosa, intimidación y muerte.
Pero un viento
enorme que contiene gritos de libertad y de derechos se expande,
se abalanza,
excede los límites de una sociedad abrumada, empequeñecida,
lacerada por la
indignidad y el hambre de justicia.
Mujeres.
Las nombradas
frágiles.
Las
injustamente sometidas y enmudecidas.
Las que se
borran día a día detrás de un exceso de telas oscuras y mandatos tenebrosos.
Mujeres.
Grandiosas, extremas, maravillosas.
Sorprendentemente fuertes, se yerguen en
una sumatoria de voluntades, enfrentando al crimen establecido.
Mujeres.
Dispuestas a
dar vuelta la página, aunque sus vidas se evaporen en el intento.
Nos necesitan, nos llaman, nos
convocan.
Nos emplazan.
Nos miran a los
ojos.
Nos instan a
cortarnos el pelo.
Nos tienden la
mano.
Para que seamos protagonistas. Para que
lancemos junto a ellas el grito.
Para sumarnos a la esperanza y al vuelo.




